domingo 27 de junio de 2010

El pulso interno del pavor


De múltiples resonancias y referencias, “Lejos (Far away)” es uno de los textos con mayores pliegues que se han presentado durante la temporada en Santiago. Su estreno reafirma tanto la estatura de la septuagenaria inglesa Caryl Churchill (1938) como el lamentable aislamiento en que ha permanecido la escena local respecto de su dramaturgia.

La obra debutó en Londres el año 2000 en versión de Stephen Daldry y una década después exhibe una vigencia apabullante. Su riqueza simbólica la diferencia de “Anhelo del corazón” (pieza de la misma autora que Paulina García dirigiera en 2004) y se convierte en un fértil material en manos de la compañía Teatro del Carmen bajo dirección de Horacio Pérez a partir de la traducción de Camila Le-Bert (“Mis tres hermanas”).

La puesta destaca en la llamada escena emergente a raíz de la pulcritud estética y el respetuoso apego al original. Con esas herramientas consigue acceder al pulso interno del texto que se desplaza permanentemente entre el misterio y el absurdo para generar una atmósfera incierta, de pistas ambiguas y variados acertijos literarios.

Como es usual, Churchill no entrega indicaciones sobre cómo leer o escenificar los tres actos en que divide la obra, salvo acotaciones sobre espacio físico, paso del tiempo y un par de imágenes que relativizan aun más las posibilidades teatrales.

El primer apartado muestra a Joan (Ana Laura Racz) de noche en casa de su tía Harper (Marcela Salinas), conmocionada tras ser testigo de una escena de extrema violencia que empaña su inocencia infantil pese al intento de la anfitriona por suavizar y justificar el horror de lo visto. El hogar parece resguardarlas de la amenaza que se cierne en el exterior y que se cuela como una cruenta pugna en ciernes a través de la ventana y de las alusiones al canto de los búhos.

En el siguiente acto, Joan se ha convertido en operaria de una sombrerería y junto a Todd (Gabriel Urzúa) se inicia en el oficio de diseñar y confeccionar estrambóticos sombreros que lucirán camino a su ejecución los condenados en masivos juicios de herméticas causas. Las escenas de mutuo conocimiento y encantamiento de los personajes se entrelazan con un turbio entorno de sospechas.

La última parte extrema lo que hasta entonces se ha insinuado. Harper nuevamente tiene por huésped a Joan, ya emparejada con Todd y convertida en activa participante de un movimiento en el que duda continuar. La guerra y la devastación predominan en el exterior y los personajes describen cómo la especie humana libra una batalla surrealista contra todas las formas animales y terrenales en un enigma de alianzas impredecibles. Las referencias a aves, insectos, mascotas y mamíferos salvajes se enfatizan y pasan a ser vistos como enemigos organizados que acechan en confabulación con el clima, la vegetación y los ríos.

El trío sucumbe a la paranoia y la escena –de tintes oníricos- se convierte en un reflejo del espíritu de época, caracterizado por el miedo latente a la destrucción y al estallido de la violencia. Aunque se especula que la circunstancia que inspiró a Churchill fue la guerra de Yugoslavia y el exterminio xenófobo, la obra retrata a cabalidad el clima en que han venido desarrollándose las sociedades occidentales durante la primera década del siglo XXI, presas de la angustia y la ansiedad ante el temor de ser arrasadas por un adversario desconocido.

Sin evidenciarlo del todo, la autora además superpone citas y juega con elementos que en otro período tuvieron un valor simbólico en Reino Unido. La temerosa Joan del primer acto puede ser vista como una variante de “Alicia en el País de las Maravillas”, de Lewis Carroll, que al igual que su antecesora pierde la inocencia y aprende forzosamente que los sombreros pueden tener un uso macabro. Asimismo, la presencia de especies pugnando por desplazar al hombre con las armas de la guerra y la domesticación puede ser leída como un guiño a las fábulas moralizantes de la Antigüedad y a “La granja de los animales”, de George Orwell, aunque acá sólo resta una utopía despedazada.

Las conexiones intertextuales admiten incluso interpretaciones lacanianas, como ocurre con el monólogo final de la protagonista sobre el confuso curso que siguen las aguas del río. Tratándose de una dramaturga que en sus inicios reafirmó la óptica feminista, parece legítimo rastrear en ese pasaje la obra y el suicidio de Virginia Woolf. En la misma línea es posible emparentar el texto con “Blasted”, de Sarah Kane, autora inglesa influida y admirada por Churchill que en la creación de 1995 también anticipa la masificación del pavor en Occidente.

A nivel formal, la obra se desplaza sobre una fisura que se acentúa conforme transcurre la representación hasta disociar los contenidos a los que apelan los diálogos y vaciar las situaciones de significados. A consecuencia de ello, la estructura dramática se fragmenta y funciona como una trama carente de sentido, acaso absurda, pero con un resabio emocional que describe la condición del sujeto contemporáneo.

En la puesta en escena, los variados territorios por los que transita la escritura toman cuerpo en una gran plataforma inclinada que sirve de soporte durante los tres actos (diseño de Carmen Gloria Briceño) y que facilita el juego de perspectivas a partir de los desplazamientos de cada personaje, reforzados por una iluminación multifocal que acentúa los contrastes de sombras en algunos pasajes y resalta la armonía cromática del vestuario en otros.

Desde la dirección, Horacio Pérez demuestra conocer a cabalidad la amplia gama de lecturas que ofrece el original y se inclina por generar las condiciones para que éstas fluyan sin sobrecargarlas ni orientarlas de acuerdo a un trazo en particular. Su preocupación está puesta en la composición espacial y en la generación de una atmósfera en constante crispación. En esto colaboran la música compuesta por Max Vivar (mezclada con una ambientación sonora y elementos de thriller) y las inspiradas y severas interpretaciones de un elenco que sortea con creces el desafío de dotar de emoción, perplejidad y pavor textos que progresivamente desarticulan toda lógica.

A fuerza de establecer un tempo pausado, el montaje seduce desde zonas enigmáticas y abre la puerta para que la escritura de Churchill interpele también al Chile actual desde el horror que habita en la memoria, los fantasmas que se encaminan a la ejecución y las estrategias discursivas de negación.

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