Ambiciosa en su concepción, la nueva pieza del Ballet Nacional Chileno –“Amor amores”- reúne en escena una variedad de materiales de reconocidos creadores chilenos que tienen un valor en sí mismos: partituras de Luis Advis (preludios para pianos y extractos de composiciones), poemas de Oscar Hahn (leídos por Íñigo Urrutia) y pinturas de Hugo Marín.
La unidad la otorga el interés del director Gigi Caciuleanu por conmemorar el Bicentenario con su reconocible lenguaje coreográfico (lo que él llama alter danza) y buscar los puntos de conexión entre los tres artistas, en línea con lo que antes se ha hecho en Chile y el extranjero al alternar la danza con producciones literarias y creaciones visuales.
Tales ejercicios suelen dar pie a nuevas convenciones o a relecturas al poner en tensión las obras. Ello no ocurre a cabalidad en el estreno del Banch, donde el resultado es ecléctico a fuerza de trabajar con estéticas de distinto cuño y reducir su alcance a los vaivenes del amor y el desamor, cuando los universos de Advis, Hahn y Marín admiten mayor vuelo.
El camino elegido por Caciuleanu es funcional para que el cuerpo de intérpretes de la compañía ejecute 70 minutos de dúos, tríos y escenas grupales, vistiendo jeans y coloridas prendas (diseños de A. Tapia, R. Segura y C. González) e intercambiando flores rojas en un entorno alegórico de enredaderas (escenografía de Dan Mastacan), en el entendido de representar encuentros, desencuentros y actos fallidos pertenecientes a la trama de los vínculos afectivos, incluidas todas las posibilidades de parejas, con un desenlace que además expresa el amor a la tierra.
A falta de una línea consistente de tensión o de una óptica más elaborada, la composición de movimientos y la cadencia de escenas se vuelven reiterativas hasta que se hace manifiesto el oficio del director para estructurar clímax y cierre con el movimiento final de la sinfonía “Los tres tiempos de América” (en registro de Quilapayún y Paloma San Basilio).
Carola Alvear, Kana Nakao y Vivian Romo reafirman el sello que las ha convertido en bailarinas emblemáticas de la compañía y encuentran equivalencia en Valentín Keller y Enrique Faúndez, quienes ganan espacio y presencia gracias a su destreza técnica y aseguran una promisoria carrera.
Como espectáculo coreográfico, la producción se deja seguir adecuadamente pero queda en deuda con la estatura de los materiales que emplea y su aspiración a rendir tributo al Bicentenario.

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