Siguiendo la línea establecida por Marco Antonio de la Parra en La pequeña historia de Chile (1994), el grupo Ictus en Okupación (2005) y Guillermo Calderón en Clase (2008), Luis Barrales se interna en las dinámicas que caracterizan al sistema educacional chileno en su obra La mala clase, ganadora recientemente del Premio Altazor en la categoría Mejor Dramaturgia.
La pieza es una producción del Teatro Nacional Chileno y –a diferencia de las otras creaciones que han abordado el tema- resalta la alienación adolescente generada por la perpetuación de la desigualdad.
Alejado de los lugares comunes que rondan el tema luego de la llamada "revolución de los pingüinos", el texto retrata un mundo de confianzas rotas, donde el oficio de la enseñanza ha perdido legitimidad y las clases han devenido en una confrontación constante y desarticulada de poder con los profesores a consecuencia del descrédito, el pesimismo y la ausencia de perspectivas. El bullyng asoma como la posibilidad más extendida de interacción y los estudiantes parecen estar constantemente a la defensiva.
La obra se centra en cuatro de ellos (interpretados por Paulina Giglio, Antonio Altamirano, Pablo Manzi y Nicolás Zárate) cuando se preparan para rendir un examen especial de historia que definirá su suerte y la posibilidad de egresar de enseñanza media. Lo que comienza como una prueba técnica deriva en una pugna radical de visiones de mundo en que tercia una profesora que se aparta del estereotipo (María Paz Grandjean) desplegando un verbo corrosivo y lapidario, capaz de estremecer la indiferencia y los rasgos autosuficientes de sus alumnos.
La dirección de Aliocha de la Sotta –un nombre probado en montajes que relevan la figura del estudiante- dosifica los resortes de la situación. En la primera parte juega con el humor negro y la sorna propias de los adolescentes. Tras un quiebre a mitad de camino, da curso a un alegato de dimensiones trágicas.
El elenco se muestra funcional y entrega interpretaciones en una línea realista que evoca referentes de la actualidad. María Paz Grandjean aporta un aplomo decisivo para el tono dramático que adquiere el montaje en el desenlace y que sirve de contrapeso a la juventud del resto del reparto en una escena que está llamada a trascender como síntesis de las contradicciones que arrastra el profesorado local en un medio poco amable.
La urgente interpelación que logra el montaje explica su permanencia en cartelera. Si debutó en 2009 como una producción para estudiantes en horario vespertino, este semestre ha sido repuesto para todo público como una tarea obligatoria.

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