jueves 15 de abril de 2010

Tensiones intactas en un país extraviado


Testimonio de una etapa decisiva en el desarrollo del teatro chileno, la compañía Ictus es una de las pocas agrupaciones locales que ha logrado sostener en el tiempo un espacio y una estética de probada resonancia. En la apertura de la temporada 2010 ha programado dos piezas que muestran paralelos entre sí, aun cuando fueron estrenadas con 30 años de diferencia: Lindo país esquina con vista al mar y Atascados en Salala.

La primera debutó en 1979 y grafica la fase que se vivía en el país bajo el régimen militar con la suspensión de las libertades civiles, la desaparición de personas y el establecimiento de un sistema económico neoliberal. La segunda data del año pasado y vuelve la mirada sobre una sociedad ad portas del Bicentenario en que las utopías de antaño han zozobrado frente a las leyes de mercado.

Ambos trabajos tienen por director a Nissim Sharim, uno de los fundadores del grupo que ha trabajado de manera persistente por conservar la atmósfera original de la sala La Comedia.

Los dos títulos se ajustan a la modalidad de creación colectiva encadenando una serie de situaciones protagonizadas por personajes representativos de su época, en quienes cristalizan las discusiones, las interrogantes y los conflictos que modelan la identidad del país y que -no obstante las tres décadas transcurridas entre una creación y otra- sugieren que las grandes tensiones permanecen intactas.

También son distintivas del humor negro y de las genuinas caracterizaciones actorales que patentara Ictus, uno de los factores que explica la audiencia incondicional que se congrega en la sala subterránea de calle Merced.

Interpelación versus coyuntura

Lindo país esquina con vista al mar pasa revista al panorama de fines de la década de los ’70 tomando como punto de partida relatos de Marco Antonio de la Parra, Darío Osses y Jorge Gajardo.

Los albores del ideario consumista y la cotidianeidad eclipsada por el autoritarismo cruzan las cinco historias que se escenifican con economía de dispositivos: la barra de un equipo de fútbol se somete al control policial como metáfora de país; una mujer vende su alma a cambio de una partida de electrodomésticos a la manera de un Fausto librecambista; un dictador latinoamericano huye con su mujer tras ser expulsado y en el exilio toma noción del poder que ha perdido; un motociclista se encuentra accidentalmente de noche con un fantasma que pasa a ser la alegoría de una detenida-desaparecida; y un asilo de ancianos se convierte en reflejo del precario equilibrio de época, con dos desopilantes enfermeras y un anciano emblemático de la causa antimilitar.

En su primera temporada –que se prolongó hasta 1980- la puesta reunió a Delfina Guzmán, Maité Fernández y el propio Sharim. En la reposición –que fue parte en enero pasado del Festival Santiago a Mil- los roles femeninos han sido asumidos por Paula Sharim y María Elena Duvauchelle, quienes tienen a cargo los puntos altos de la versión gracias a la exultante dinámica que establecen, enriquecida por la diferencia generacional.

Desprovisto del clima de prohibición de los ’70, el espectáculo conserva la estatura artística y exhibe una capacidad de interpelación que sobrepasa a la coyuntura al delinear la pugna y el anhelo por un ideal libertario y fraterno que se desdibuja en el tiempo.

El tono aparentemente ligero de las actuaciones y la sencillez de la trama son propios de una concepción teatral que rehúye de las experimentaciones que se impondrían en los 80 y 90 para inclinarse, en cambio, por una factura de diáfana recepción, que se equilibra entre la comedia y la profunda humanidad y que es testimonio de una manera de pensar el quehacer artístico como una labor comprometida con el contexto.

Un país extraviado

Atascados en Salala se apega al mismo ideario para dar cuenta de un país extraviado en sus ambiciones. El grupo también se vale de cinco anécdotas que son protagonizadas por personajes que huyen o proyectan viajar a Salala, un punto incierto en el mapa, ubicado entre Tongoy y Los Vilos.

La obra puede seguirse como un retrato del Chile que se aferra a la celebración de los 200 años de la República, con añoranzas por sueños que no cristalizaron e individuos a merced de las leyes de mercado.

La puesta estrenada en 2009 ocupa un escenario despojado y una banda sonora que fusiona melodías y registros de audio. Los tipos humanos que en ella se muestran han mutado en más de un sentido respecto a los popularizados por el grupo en los 60 y 70. Si en estos últimos primaba la lucha social y la conciencia de clase, en los actuales se constata un adormecimiento que encarece toda pugna con el sistema.

Desde esa zona emergen los retratos de una dueña de casa acosada por la pesadilla de la miseria, un jubilado que estafa a su yerno y huye al norte tras la ruta del Che Guevara, una mujer que se lanza fallidamente al metro, una anciana abandonada por su familia y un clan femenino que pugna por repartirse una herencia.

Una vez más, las actuaciones siguen un código de interpretación que demanda profesionales con oficio en el dominio del ritmo, los matices de humor, la sorna y la crítica social, como lo prueban Nissim Sharim, María Elena Duvauchelle, Roberte Poblete y Paula Sharim.

Al presentarse seguidamente en La Comedia, saltan a la vista los paralelos entre ambos montajes, como si uno fuera la continuación del otro pese a que el grupo no trabajó bajo esa premisa. No obstante, los puentes que los hermanan dan consistencia a lo que en rigor puede considerarse legado y patrimonio.

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